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Hace veinte años, Winston Churchill, joven estadista británico que habría de ser un día el Primer Ministro de su país y el inglés más eminente de nuestra época, escribió para Popular Mechanics este artículo en que pronosticaba la edad atómica . . . y otras maravillas
DE AQUÍ A CINCUENTA AÑOS
Por Winston Churchill
DE AQUÍ A CINCUENTA AÑOS - Por Winston Churchill
Reproducido en forma condensada de la edición de marzo, 1932, de Popular Mechanics
 
LA GRAN MASA de seres humanos, ocupados en resolver los múltiples problemas que acarrea la vida, no han hallado tiempo suficiente para considerar debidamente el rápido paso a que ha estado avanzando el hombre. Una mirada retrospectiva a los últimos cien años hace evidente los grandes cambios que han tenido lugar. Los últimos cincuenta años han traído consigo un continuo aceleramiento de la velocidad. El siglo en que vivimos ha presenciado una enorme revolución en las cosas materiales, en aparatos científicos, en instituciones políticas, en el pensamiento y en las costumbres.

El cambio más radical de todo puede ser notado en el número creciente de personas que participan en esta vida más plena de hoy dentro de cada nación civilizada. En los Estados Unidos, millones y millones han logrado elevarse por encima de las necesidades básicas de subsistencia y aspiran ahora a la cultura -al menos para sus hijos. Europa, a pesar del anonadamiento en que la ha sumido la guerra pasada, presenta un panorama similar, aunque no tan general. Todos disfrutamos de las comodidades y conveniencias modernas que se nos ofrecen sin mostrar agradecimiento, sin dar evidencia de nuestra felicidad. Pero no podríamos vivir sin ellas en caso de que nos fuesen arrebatadas. Asumimos que el progreso será constante . . . si se detuviera o retrocediese, ocurriría una catástrofe de proporciones inimaginables.

El género humano ha marchado algunas veces hacia adelante y otras veces en dirección de retroceso, y en épocas se ha mantenido estático durante siglos. En la India y en la China, ha permanecido estacionario por miles de años. Hoy día se encuentra avanzando aun paso grandemente acelerado.

¿Y qué es lo que ha producido esta nueva velocidad prodigiosa del hombre? Es la ciencia, sin duda alguna. Esta fuerza llamada ciencia se ha apoderado de todos nosotros, forzándonos a laborar en sus carreteras y en sus arsenales; nos ha recompensado por nuestros esfuerzos, ha sanado nuestras heridas, nos ha adiestrado en nuestros años mozos y nos ha pensionado en nuestra vejez. Los cambios han sido tan sorprendentemente grandes que ningún período de la historia puede ser comparado con este último siglo.

Basándonos en los grandes desarrollos logrados por la ciencia en los tiempos modernos y en los conocimientos y el poderío que ahora son suyos, podemos pronosticar con cierta seguridad los inventos y descubrimientos que gobernarán nuestro futuro. No podemos sino conjeturar las reacciones que estos descubrimientos y sus aplicaciones causarán en los hábitos, la perspectiva y el espíritu del genero humano.

Las más maravillosas de todas las profecías modernas pueden ser encontradas en el poema "Locksley Hall", de Tennyson, escrito hace ochenta años. Todas ellas se han cumplido ya. La conquista del aire por el comercio y la guerra, la gran conflagración mundial. la Liga de las Naciones, la Revolución Bolshevique- todas vaticinadas por el gran poeta victoriano en el orden correcto. Hoy, las predicciones de Tennyson constituyen realidades históricas que se hallan agitando al mundo en derredor nuestro.

El hombre, que en tiempos pasados sólo podía regular y guiar una fuerza mayor consistente en un tronco de caballos o una galera llena de esclavos o una cuadrilla de obreros, como las de los israelitas en Egipto, es hoy capaz de regular las acciones de cientos de miles de hombres desde el puente de un buque de guerra. O de hacer estallar con un solo dedo una mina capaz de destruir en un instante toda la obra de miles de años de civilización. Estos cambios son causados por la substitución de la fuerza del brazo por la energía molecular, ya su dirección y control por un elaborado aparato de suma perfección. Estas inmensas y nuevas fuentes de energía y el hecho de que puedan ellas ser reguladas por un solo hombre, han hecho posibles nuevos métodos de minería y metalurgia, nuevos medios de transporte, y máquinas jamás soñadas antes. Substituyen la rueda del molino de nuestros antecesores con los turbogeneradores de 100,000 kilowats de las Cataratas del Niágara. Cada invento acondicionó y dió origen a otros inventos, y con rapidez creciente esta vasta estructura de desarrollo técnico fué tomando forma para separar a nuestra civilización de hoy de la que fué conocida en el pasado.

No hay duda alguna de que esta evolución continuará a un .ritmo cada vez más acelerado. Sabemos hoy lo suficiente para estar seguros de que los desarrollos científicos de los próximos cincuenta años serán mucho mayores, más rápidos y más sorprendentes que aquéllos que ya hemos experimentado. El torno automático permitió la construcción de máquinas de precisión, y la fuerza del vapor se propagó a través del mundo. Y entre las nubes de vapor destellaron las vivas luces de la electricidad. Pero esto sólo constituye un mero comienzo. Nos dicen los que de ello saben, que con toda seguridad se descubrirán nuevas fuentes de energía mucho más importantes que las que hemos conocido hasta entonces. La energía nuclear del átomo es incomparablemente mayor que la energía molecular empleada hoy. El carbón que extrae él hombre en un día puede fácilmente realizar una tarea quinientas veces mayor que la del hombre mismo. La energía nuclear es hasta un millón de veces más potente. Si fuese posible hacer que los átomos de hidrógeno en un kilogramo de agua se combinaran para formar helio, la energía resultante bastaría para impulsar un motor de 2000 caballos de fuerza durante un año entero. Si fuese posible hacer que los electrones -esos diminutos planetas de los sistemas atómicos- se combinaran con los núcleos del hidrógeno, el caballaje de fuerza liberado sería hasta ciento veinte veces mayor. Lo que hace falta es la pequeña llama para encender la gran hoguera, o el detonador que haga estallar la dinamita. Los hombres de ciencia se hallan en busca de ello.

El descubrimiento y control de tales fuentes de energía causará cambios mucho mayores que los ocasionados por el motor de vapor. Será posible llevar a cabo programas de magnitud cósmica. La geografía y el clima responderán a nuestras órdenes. Cincuenta mil toneladas de agua tratada de la manera descrita, bastarían para mover a Irlanda hasta el centro del Atlántico. La lluvia caída en el hipódromo de Epsom, en Londres, sería suficiente para derretir todo el hielo del Artico y el Antártico. El cambio de un elemento a otro transformará todas nuestras normas de evaluación. Materiales con una resistencia treinta veces superior a la del mejor acero serán empleados en la construcción de motores adecuados para utilizar las nuevas formas de fuerza. Las comunicaciones y el transporte por tierra, agua y aire, asumirían formas no imaginadas antes si fuera posible en la práctica, tal como lo es en la teoría, construir motores de 600 caballos de fuerza con un peso de 10 kilogramos, y con combustible suficiente para mil horas de viaje en un tanque del tamaño de una pluma fuente.

La radio y la televisión permitirán a cualquiera comunicarse con otra persona equipada con estos mismos aparatos para llevar a cabo conversaciones, de igual manera que si uno asomara la cabeza por una ventana. La congregación de gentes en las ciudades será superflua. Tal como hoy no existe motivo alguno para vivir en la misma casa con nuestros vecinos, mañana no habría razón alguna para vivir con ellos en la misma ciudad.

Hasta recientemente, la producción de alimento ha constituido el problema más grande del hombre. Dicho problema ya ha sido vencido. No hay duda alguna de que los pueblos civilizados pueden producir o procurarse todo el alimento que requieren. Pero actualmente el alimento es obtenido casi en su totalidad de la luz solar. La radiación del sol hace que el ácido carbónico del aire se convierta en compuestos carbónicos que son utilizados por el hombre al ingerir plantas y legumbres. Usamos la energía química latente de éstas para mantener calientes a nuestros cuerpos; es decir, la transformamos en energía muscular. La empleamos para reponer las células desgastadas de nuestros cuerpos. Muchos son los que prefieren su alimento en lo que algunos vegetarianos llaman "la forma de segunda mano"; es decir, después de que ha sido digerido y convertido en carne por animales domésticos. En todos estos procesos, sin embargo, noventa y nueve partes de la energía solar son desperdiciadas por cada parte utilizada.

Es posible llevar a cabo grandes mejoras en este campo. Ciertos microbios, que en el presente convierten el nitrógeno del aire en proteínas de las cuales se alimentan los animales, serán utilizados en grandes cantidades. Nuevos tipos de microbios serán desarrollados y encomendados con gran parte de las tareas químicas que ocupan hoy al hombre. Nos libraremos del gran absurdo que representa criar una gallina entera a fin de sólo comer su pechuga o a la, desarrollando estas partes por separado. Mediante un conocimiento mayor sobre las hormonas, los mensajeros químicos en nuestra sangre, podremos regular el crecimiento del cuerpo. Claro está que también usaremos alimentos sintéticos, y ello no significará tampoco el réquiem del arte culinario. No habrá necesidad de invadir esa lóbrega utopía de píldoras alimenticias. Al principio, los nuevos alimentos casi no podrán distinguirse de los productos naturales, y cualquier cambio que sufran , -gradual que no podrá ser notado.

Si llegan a utilizarse las grandes fuentes de energía mencionadas, el alimento sería producido sin luz solar. Es posible que enormes sótanos, dentro de los cuales se generaría una irradiación artificial, lleguen a reemplazar a los maizales y campos sembrados de papas del presente. Parques y jardines reemplazarán a nuestras tierras de cultivo. Cuando llegue la hora, habrá espacio suficiente para la expansión de las ciudades.

Pero desarrollos igualmente sorprendentes han de lograrse con respecto a la creación de seres humanos ya la alteración de la naturaleza humana misma. Antes se decía así del progreso científico: Ha enseñado al perro nuevos trucos, pero no le puede cambiar la raza." Esto ya ha cesado de ser una verdad. Hace unos años la ciudad de Londres se sorprendió con una presentación teatral llamada Los Autómatas Universales de Rossum. Cabe en lo posible que se efectúe la producción de tales criaturas de aquí a cincuenta años. No serán construidas, sino criadas dentro de receptáculos de vidrio. Poca es la duda que existe respecto a la posibilidad de crear artificialmente el ciclo completo que resulta hoy en el nacimiento de un niño. Con acondicionar el desarrollo mental de tales criaturas mediante tratamientos expertos en sus primeros años, se podrían producir seres especializados para labores manuales o tareas intelectuales.

Fuente: Revista Mecánica Popular - Volumen 10 - Marzo 1952 - Número 3



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Idea original de Mi Mecánica Popular por: Ricardo Cabrera Oettinghaus